Seguro que alguien me diría: ¿Y tanto trabajo y sacrifico para tan poca recompensa?
Y yo respondería: ¡Sin ningún género de dudas!
La gravedad de un accidente cerebro vascular es de tal magnitud, que el daño y secuelas que genera son de muy diversa naturaleza y no quiero ni hablar, si encima, dentro de la familia de estos accidentes, tienes que lidiar con un derrame cerebral, porque la tasa de mortalidad es tremendamente alta, en concreto entre un 75% y un 85% .
Si sobrevives, habrás de enfrentarte a unas secuelas que suelen ser contundentes, persistentes, que te obligan a realizar una rehabilitación y un trabajo tremendamente exigentes para una evolución que dependerá de la edad, del estado de salud del paciente, la parte del cerebro dañada, y uno de los aspectos importantes, al menos para mí, es de cómo nos enfrentemos al problema, siempre y cuando el nivel de secuelas te permitan una cierta movilidad e independencia para poder llevar a cabo una rehabilitación interminable.
A esta contingencia me tocó enfrentarme un 9/2/2016, cuando una espontánea y súbita subida de tensión (según todas las pruebas realizadas), me puso al borde de la muerte. Todo comenzó estando en Madrid trabajando (bancario, y como consecuencia del Ere, me aplicaron movilidad geográfica y de Cáceres paso a Madrid). Ese día, un lunes, por la tarde noche y entre amigos, siento un “dulce” cosquilleo en mi cabeza, seguido de un desvanecimiento, que rápidamente dio paso a falta de movilidad en mi brazo izquierdo y una brusca caída al suelo, donde empiezo a sentir como mi cuerpo se “retuerce” hasta perder la posibilidad de hablar. Todo esto sucedió como reacción de mi cuerpo a un derrame cerebral en la parte derecha de mi cabeza y que tiene su contrapartida en forma de hemiplejía total en la parte izquierda de mi cuerpo. Mis amigos, ante esta barbaridad sobrevenida, llaman al 112, y mientras el médico, al otro lado del teléfono y a través de mi amigo intentaban que siguiera hablando y no perdiera la consciencia hasta que llegara la UVI. Pronto llegó (30 minutos más o menos), con código Ictus, lo que implicaba un personal sanitario específico; prueba de ello, es que no me tumbaron en la camilla, sino que me sentaron encima para evitar males mayores.
Poco o nada recuerdo de mi paso por la ambulancia, pero sí recuerdo la oscuridad dentro de la misma (debí perder la visión momentáneamente), y mi obsesión por las secuelas que me quedarían; hasta el extremo de que le pregunté a la médico que me acompañó, si me iba a morir, a lo que me contestó, con total naturalidad y tranquilidad: “no te preocupes, que en Madrid, por un derrame, no se muere nadie”.
El Ilustre Caballero.
Narro mi propia historia para acercarla a personas como tú, que acabas de leer esto.







